Lo primero que me pasó por la cabeza viendo Los tres entierros de Melquíades Estrada fue que Tommy Lee Jones estaría, cuanto menos, molesto por lo que Trump decía de los mexicanos durante su campaña electoral. Porque detrás de la ópera prima de Jones hay una crítica ácida a cómo se están tratando a los inmigrantes, a la falta de hospitalidad y tal y cual, y de cómo a veces el monstruoso inmigrante que viene a quitárnoslo todo y a atentar contra nuestros valores, costumbres y un largo etcétera, es muchísimo más honrado y generoso que uno mismo que se tiene como paladín de la solidaridad porque mensualmente contribuye con 20€ a Acnur.
Tal y como vimos en Deuda de honor, Jones está empeñado en romper la estructura típica de estos filmes, en cambiar de tercio cuando uno menos lo espera, para, de sopetón, transformar en otra cosa la historia que nos está contando. En Deuda de honor funcionaba mejor ese cambio de tono y propósito a sazón de cierto giro que servidor no supo predecir, aunque aquí también, porque cuando empieza el periplo por tierras mexicanas es cuando la película adquiere enjundia. Lo anterior, con lo que uno no acababa de conectar, es dejado atrás y empieza el verdadero tour de force al que es sometido el personaje interpretado por Barry Pepper; el de aprender la lección, de darse cuenta de lo que supone matar a alguien y de lo que se pierde con ello, a tomar conciencia de que siempre ha sido un capullo egoísta incapaz de ponerse en el lugar del otro y hacer algo que no reportara nada más que su beneficio personal. Todo esto le servirá para dejar a un lado esa existencia abúlica que le caracterizaba, tomar conciencia de su lugar como ser humano y hacer algo por el prójimo para variar.
Y entretanto tenemos a un Tommy Lee Jones en su salsa, el mejor de la función con diferencia, con un personaje extraño que parece no encontrar su igual en el mundo real, añorado de algo que es capaz de encontrar en los pueblos al otro lado de la frontera (¿fraternidad quizás? ¿amor al prójimo?), un personaje que remite a esos jóvenes deseosos de cruzar la frontera en busca de algo trascendental pero indefinido y que son tan típicos de algunas de las novelas de Cormac McCarthy.
Los tres entierros de Melquíades Estrada es, pues, una muy recomendable historia de viaje iniciático que gana enteros cuando el director cambia de tercio y vemos el verdadero motivo que se esconde detrás de la ida y venida de personajes de la primera parte. Quizás nos importen un pito la mujer de Pepper o la camarera del bar, hasta lleguemos a creer que no pintan mucho en la historia, pero pronto la acción se sitúa en otra parte, con Jones y Pepper como protagonistas exclusivos de la historia. Es ahí donde una propuesta ligeramente anodina cobra sentido y alcanza cotas mucho más elevadas.
Nota: 7
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