Yendo al grano: la nueva película de Alex Garland no es santo de mi devoción. No estoy escribiendo estas líneas para adscribirme a la oleada de furibundos detractores que lo son simplemente por oposición a quienes sí les ha gustado y han visto en Aniquilación la quintaesencia de la ciencia ficción. Tampoco para meterme en el grupo de los relativistas condescendientes que siempre ponen en cuarentena todo aquello que gusta a otros porque para ellos solo hay dos o tres obras muy escogidas y selectas que se merezcan sus más altas condecoraciones. No, yo estoy por encima de todo eso, me digo.
A mí no me ha gustado porque es una película descuidada, porque no está nada pulida pese a lo poderosa que es visualmente. Quizás sea el hecho de que no cuida en absoluto todo lo que rodea la parte técnica de una expedición de ese calibre: los personajes se adentran en el Resplandor sin estar debidamente equipados, como si tomar precauciones fuera algo secundario, al más puro estilo Prometheus. Yo soy un obsesivo de la planificación y la organización y con películas como Aliens me quedo a gusto satisfaciendo mis neuras de ese estilo, porque la película de Cameron destina 30-40 minutos solo para preparativos de la misión. Aquí se despachan como si uno fuera a dar un paseo: ni escafandras, ni militares acompañando a las científicas, ni reuniones decidiendo qué ruta tomar, ni entrenamiento para usar una ametralladora, ni entrenamiento para aprender técnicas de supervivencia básicas; por no haber no hay nadie dirigiendo el cotarro. Eso no es lo importante, dirán algunos, porque lo importante es el mensaje. Pues no: el cómo también es importante y una cosa no quita la otra.
Puede que tampoco me haya gustado porque los personajes tienen muy poco recorrido. No es que necesitemos biografías de 20 minutos de cada uno (véase Dunkerque, que no necesita apenas nada para que los personajes te importen), pero Garland no consigue dar con las pinceladas necesarias para que importen. Tampoco acaba de encontrar el tono adecuado para contarnos esta historia: hay música muy indie que no contribuye en absoluto a generar una atmósfera densa en un lugar donde la atmósfera lo es todo (solo lo consigue cuando el silencio invade el lugar y la película solo habla a nivel visual); a ratos quiere ser una película de terror, a ratos metafísica, a ratos intimista y a ratos de aventuras, sin ser ninguna de ellas en ningún momento. Imita la estructura de La llegada, pero lo que en aquella tenía sentido, en esta no: las escenas conyugales no aportan nada, entorpecen el ritmo. Porque si uno está atento, no las necesita en absoluto para entender de qué está hablando Aniquilación: de la naturaleza autodestructiva del ser humano, a todos los niveles: consigo mismo, ya sea voluntariamente (suicidio) o involuntariamente (enfermedad incurable), y con el otro (a nivel matrimonial, por ejemplo). Esas escenas tienden a sobreexplicar algo que ya queda claro rápidamente.
Pese a todo, Aniquilación es una película entretenida la mayor parte del tiempo y que tiene en su gran haber el apartado visual y la génesis de imágenes poderosísimas. Hasta que llegan a cierto lugar, donde todo ese trascendentalismo se revela como vacío, una mera postura, incapaz de concluir satisfactoriamente. Porque es una película abierta a la interpretación, pero no como juego para que el espectador saque conclusiones más o menos encarriladas de lo que ha visto, sino para que todos saquemos decenas de interpretaciones que tanto pueden ser válidas si hacemos caso a unas escenas determinadas de la peli i no-válidas si hacemos caso a otras.
En Aniquilación Garland arriesga poco y poco es lo que puede sacarse de esta película más allá de comprobar que Garland ha jugado a no mojarse con nada. Y la zona dentro del Resplandor, que es una chulada.
Nota: 6
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